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Acaso uno de los motivos de la popularidad de López Obrador (obviamente contrastada, si bien en menor medida, por el desacuerdo y desagrado que suscitan sus acciones y su figura) es la autenticidad de su conducta, el carácter genuino de su personalidad y su interés por la suerte de los demás, a quienes pretende gobernar. En un país donde la clase política se ha distanciado de la gente común por un modo de vida insultante, dispendioso y parasitario, López Obrador se conduce con sencillez y austeridad. No lo rodean espeluznantes y onerosos cuerpos de seguridad, que ofenden a la población con su sola presencia. Vive como un profesional de clase media, en un edificio de departamentos del sur de la Ciudad de México. Si mejoró su vivienda -hoy es más amplia que al principio, aunque no es una casa sola- fue por las necesidades de salud de su esposa Rocío, muerta hace varios años, con la misma discreción con que había vivido.
La principal tacha que se pone a López Obrador es su populismo, es decir la aplicación de una política que "para bien de todos", atiende "primero a los pobres". No es una postura de última hora, un medio de hacerse notar en el ámbito nacional. Es un modo de ser. Su primera tarea pública -aparte su participación en la campaña senatorial de Carlos Pellicer, el poeta tabasqueño que no escribía sobre su tierra, sino sobre su agua- consistió en dirigir la delegación del Instituto Nacional Indigenista en su estado natal. No lo hizo desde una oficina en Villahermosa. Vivió entre los chontales, en una casa de piso de tierra, como todos los demás, impulsando diversos cultivos en camellones semejantes a las chinampas nahuas.
Protestar contra la eficacia de la trampa electoral, y encabezar reclamaciones de indígenas y campesinos cuyo entorno vital fue fracturado por la explotación salvaje de los hidrocarburos, confirmaron la posición de López Obrador como dirigente social, su sintonía con la gente que lo sigue. Se creó entonces su fama de agitador, por haber presionado a Pemex en pos del pago de indemnizaciones justas. La propaganda, no el Ministerio Público, lo acusó de "tomar" pozos petroleros, aunque su acción consistiera realmente en obturar los accesos a esas instalaciones, sin pretender nunca el control de las mismas, y ni siquiera contacto físico con ellas.
Reforma, 29 de julio de 2005
El debe más notorio en la contabilidad del gobernante López Obrador corresponde al capítulo de la seguridad, la procuración de justicia y la ejecución de penas. Aunque todas las mañanas López Obrador se reunió con los responsables de esas áreas para examinar lo ocurrido el día anterior y encarar el que comenzaba, la inseguridad es lamentable. Los índices de algunos delitos medibles con exactitud, como el robo de automóviles, por ejemplo, que se denuncia en todos los casos, disminuyó claramente. Y la oleada de criminalidad que asola al norte y el noroeste del país, aunque se reflejó en el Distrito Federal lo hizo proporcionalmente con menos virulencia. Y sin embargo, los capitalinos no sienten vivir con seguridad, y proveer esa sensación es también una labor de gobierno.
Reforma, 28 de julio de 2005
López Obrador reconoce que en cuestiones de seguridad pública no se está avanzando "como quisiéramos", pero explica que no se trata de un asunto de policías y ladrones, ni se va a resolver nada más con cárceles, con amenazas de mano dura, con leyes más severas. "Tiene que ver con la descomposición social, con la falta de crecimiento económico y la falta de empleo. En 20 años no hubo crecimiento económico. El que no se haya desbordado la inseguridad no es un asunto menor."
Agrega que en nada ayuda a la percepción de seguridad el secuestro del director técnico del equipo de futbol Cruz Azul y califica el hecho de "muy triste y lamentable".
Y al mencionar las campañas en televisión que hablan sobre la inseguridad en la capital del país, insiste en que detrás de ellas está Claudio X. González, ex asesor de Carlos Salinas.
Añade que debido a la difusión de esos anuncios se ha llegado al extremo de que en Culiacán, Sinaloa, se piense que en la ciudad de México no se puede salir a la calle, aunque en asuntos de seguridad la capital del país ocupe el lugar 18 de las 32 entidades del país.
"Me siento satisfecho porque todos los días trabajé como ninguna otra autoridad del país. Todos los días analizamos los reportes de seguridad y todos los días se tomaron decisiones, pero mis adversarios van a decir que se trata de una asignatura pendiente."
La Jornada, 29 de julio de 2005